Industrialización de la intimidad

admin

Las redes sociales dejaron de parecer una plaza de encuentro y empezaron a sentirse como un montón de personas pegando la cara al vidrio de vidas ajenas.

Todos consumiéndose mutuamente, interpretando gestos mínimos como si fueran pruebas fehacientes de felicidad, fracaso, deseo o decadencia. Empezó como conexión, pero terminaron estructurando y perfeccionando la observación.

Ya no basta solo con existir. Ahora hay que dar señales.
Tener el desayuno, la opinión, la ropa y la tragedia correcta. Incluso la espontaneidad necesita iluminación, edición y subtítulos.

La gente ya no publica únicamente para compartir algo, lo hace para posicionarse dentro de una jerarquía de lectura colectiva invisible y constante. En ocasiones una fotografía feliz puede ser recibida como una amenaza. Un silencio puede leerse como soberbia. Un viaje como competencia. Una canción triste como indirecta.

 La plataforma convierte cualquier gesto en material de interpretación pública. La intimidad perdió contexto y pasó a convertirse en moneda de cambio.

Muchos creadores terminaron convirtiéndose en comentaristas permanentes de sí mismos, explican y documentan todo.
Editorializan cada emoción antes de sentirla completamente y se autoconvencen de que la experiencia real necesita inmediatamente una exposición pública para existir.

Es extraño asumir que decenas, cientos o miles de personas observan fragmentos importantes o trascendentales de tu vida mientras están en su cotidianidad acostadas en sus camas, aburridas en el baño, esperando locomoción o sintiéndose felices o miserables un martes cualquiera. El feed mezcla deseos, felicidad, frustraciones, penas, ironía, admiración, resentimiento y consumo automático en un mismo espacio plano.

No puedo dejar de mencionar al padre de todo esto, el capitalismo, se llegó a un punto donde ya no extrae únicamente fuerza física de trabajo, sino también atención, identidad, deseo, afecto y tiempo mental. Hay una desaparición de la línea clara entre vida y trabajo. Hay personas que necesitan permanecer constantemente visibles para seguir siendo económicamente estables o relevantes. 

– El influencer ya no sale de la fábrica porque la fábrica ahora vive dentro de su identidad –

Y al mismo tiempo, las redes empiezan a funcionar como una maquina de domesticación emocional. Las personas están moldeando su personalidad alrededor de una pregunta constante: ¿cómo me perciben los demás? La personalidad empieza a optimizarse para evitar rechazo, desaparecer menos o mantenerse vigente dentro del flujo de atención.

Nunca hubo tanta gente mostrándose y, al mismo tiempo, tanta gente pareciéndose entre sí.

Bajo esta misma línea hay una presión particularmente absurda sobre artistas o personas con oficios creativos: transformarse en personalidad antes que en obra. El algoritmo no exige solamente trabajo, te exige disponibilidad emocional, presencia constante, confesión y acceso. Y como si fuera poco, que la creación venga acompañada de la cocina, el skincare, la crisis nerviosa, el storytime y la rutina matinal.

La producción artística queda como si fuese incapaz de sostenerse por sí sola sin una transmisión continua de la vida privada.

La sobreexposición termina deformando incluso las cosas que originalmente eran reales. Convertir cada rincón de la vida en material observable termina vaciando algo difícil de recuperar.
No necesitas quedar disponible veinticuatro horas para el consumo ajeno.

El misterio también comunica y no todo vínculo necesita acceso ilimitado.

Creo que el verdadero lujo contemporáneo ya no será la visibilidad, será conservar un espacio mental que todavía no haya sido procesado para volverse consumible.