¡Y bendito mi vientre en que mi raza muere!
El no tener hijos no es vacío.
Es una decisión consciente en un sistema que no sabe qué hacer con quienes no se reproducen.
Hay mujeres que sí pueden elegir.
Que se cuidan, que piensan en su presente y futuro, que ejercen responsabilidad sexual durante años y es decisión.
Sin embargo, esa decisión no tiene estructura.
Si eres madre, hay una red establecida, beneficios, permisos, reconocimiento, un lugar claro dentro del orden social.
Si no lo eres, no hay equivalente.
No hay bonos por no parir.
No hay políticas que sostengan esa elección.
No hay relato que la legitime.
Se genera un vacío administrativo y simbólico.
Te dejan a la deriva.
La maternidad es orden y la no-maternidad, una falla en el sistema y las fallas no se integran: se aíslan. Se vuelven outsider.
A esto se suma otra omisión estructural; Los hombres no cargan con el mismo peso de la reproducción.
Pueden desentenderse, diluir su responsabilidad, romantizar el linaje sin asumir sus consecuencias materiales. La promesa es compartida. La carga, no.
Y en ese desbalance, la maternidad sigue operando como un mandato profundamente desigual.
Esto no es una crítica a las madres.
Ni a quienes no pudieron elegir.
Al contrario, muchas veces son las mujeres que no tienen hijxs quienes sostienen, acompañan, cuidan y apoyan a quienes sí los tienen.
Redes invisibles, un trabajo no nombrado, una forma de cuidado que no entra en ninguna política pública.
El útero no es una máquina de producción humana al servicio del sistema, ni tampoco un recurso renovable para sostener economías, culturas o apellidos.
El valor de una mujer no radica en su capacidad de reproducir, sino, en su derecho a existir, decidir y habitar su vida sin ser instrumentalizada.
Nacer no implica procrear.
Y elegir no hacerlo, no debería significar quedar fuera de todo.

